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21.05.2013 18:01

Después de leerme en el residuo de aquellos sentimientos plasmados en aquellas hojas, marchitas, bañadas en la sal que surge del pudor de una pequeña idea y de la abstinencia a muchas experiencias, que hasta hoy me son distantes, me son lejanas, no encuentro las formas pertinentes de librarme de las ataduras que se transforman en aquellas miradas, imponentes y encendidas, de ese color naranja que tanto me atemoriza, de ese color grisaceo que tanto me esclaviza, miradas que se transforman en rerpoches y encierran a cualquier individuo en el aroma a hierro, a encierro y en tres segundos ya no hay luz, ya no hay calor, ya no hay frio, hay incertidumbre, hay angustia, de esa que llena el vaso de las mil horas, de esa que se posa en forma de lagrimas tan dulces, pues dulces son por que alivianan el peso de las imágenes y el residuo de lo vivido y de lo aprendido, pero tan falsas como las promesas de un nuevo comienzo, de un mejor mañana. Quizá la ambivalencia de esta situación se torne necesaria y que irónico el sentido, irónica la certeza de que esta gran circunstancia se forma del cortejo de tristezas y alegrías, de la seducción sin precedentes entre una escala de tonalidades, en donde el ingrediente principal es la indumentaria vestida de sinfonía que esconde la dualidad del ser.